



La curiosidad humana con respecto al día y la noche, al
Sol, la Luna y las estrellas, llevó a los hombres
primitivos a la conclusión de que los cuerpos celestes
parecen moverse de forma regular. La primera utilidad de esta
observación fue, por lo tanto, la de definir el tiempo y
orientarse.
La astronomía solucionó los
problemas inmediatos de las primeras civilizaciones: la necesidad
de establecer con precisión las épocas adecuadas
para sembrar y recoger las cosechas y para las celebraciones, y
la de orientarse en los desplazamientos y viajes.
Para los
pueblos primitivos el cielo mostraba una conducta muy regular. El
Sol que separaba el día de la noche salía todas las
mañanas desde una dirección, el Este, se movía
uniformemente durante el día y se ponía en la
dirección opuesta, el Oeste. Por la noche se podían
ver miles de estrellas que seguían una trayectoria
similar.
En las zonas templadas, comprobaron que el día
y la noche no duraban lo mismo a lo largo del año. En los
días largos, el Sol salía más al Norte y
ascendía más alto en el cielo al mediodía.
En los días con noches más largas el Sol salía
más al Sur y no ascendía tanto.
Pronto, el
conocimiento de los movimientos cíclicos del Sol, la Luna
y las estrellas mostraron su utilidad para la predicción
de fenómenos como el ciclo de las estaciones, de cuyo
conocimiento dependía la supervivencia de cualquier grupo
humano. Cuando la actividad principal era la caza, era
trascendental predecir el instante el que se producía la
migración estacional de los animales que les servían
de alimento y, posteriormente, cuando nacieron las primeras
comunidades agrícolas, era fundamental conocer el momento
oportuno para sembrar y recoger las cosechas.
La
alternancia del día y la noche debe haber sido un hecho
explicado de manera obvia desde un principio por la presencia o
ausencia del Sol en el cielo y el día fue seguramente la
primera unidad de tiempo universalmente utilizada.
Debió
de ser importante también desde un principio el hecho de
que la calidad de la luz nocturna dependiera de la fase de la
Luna, y el ciclo de veintinueve a treinta días ofrece una
manera cómoda de medir el tiempo. De esta forma los
calendarios primitivos casi siempre se basaban en el ciclo de las
fases de la Luna. En cuanto a las estrellas, para cualquier
observador debió de ser obvio que las estrellas son puntos
brillantes que conservan un esquema fijo noche tras noche.
Los
primitivos, naturalmente, creían que las estrellas estaban
fijas en una especie de bóveda sobre la Tierra. Pero el
Sol y la Luna no deberían estar incluidos en ella.
Del
Megalítico se conservan grabados en piedra de las figuras
de ciertas constelaciones: la Osa Mayor, la Osa Menor y las
Pléyades. En ellos cada estrella está representada
por un alvéolo circular excavado en la piedra.
Del
final del Neolítico nos han llegado menhires y
alineamientos de piedras, la mayor parte de ellos orientados
hacia el sol naciente, aunque no de manera exacta sino siempre
con una desviación de algunos grados hacia la derecha.
Este hecho hace suponer que suponían fija la Estrella
Polar e ignoraban la precesión de los equinoccios.
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